Hasta 2020, la pieza que más decide cuánto rinde un Mac y cuánto calienta venía de afuera. La fabricaba Intel, y con ella llegaban la hoja de ruta de Intel, sus plazos y su consumo energético. Apple elegía el diseño del equipo, el sistema operativo y el precio. El procesador, no.

Apple conocía bien esa dependencia. En abril de 2008 compró P.A. Semi, una empresa de diseño de procesadores con alrededor de 150 ingenieros; la prensa especializada de la época cifró la operación en 278 millones de dólares, un monto que Apple no confirmó públicamente. Desde 2010 sus teléfonos y tabletas llevaban chips diseñados en casa. Saber hacerlo, ya sabía. Faltaba decidir si valía la pena rehacer una plataforma entera para llevar esa capacidad al computador.

El anuncio y sus dos promesas

El 22 de junio de 2020 Apple anunció que toda la línea Mac pasaría a procesadores propios y se ató a dos compromisos que hoy se pueden revisar: el primer Mac con chip propio saldría antes de terminar el año y la transición se completaría «en unos dos años». Prometió, además, seguir publicando versiones de macOS para los Mac con Intel «durante años».

El 10 de noviembre de 2020 presentó el M1 —5 nanómetros, 16.000 millones de transistores— en tres equipos: MacBook Air, MacBook Pro de 13 pulgadas y Mac mini. Empezó por la parte baja y media de la línea. Su máquina más cara y la más vendida a empresas quedaron para después.

Había otra salida, la que toma el resto de la industria del PC: seguir comprando procesadores y competir por diseño, precio y software. Cómo pesó esa alternativa puertas adentro no consta en ningún documento público.

Tres maneras de medir el M1

Para saber si salió bien hay tres varas, y pesan distinto.

La de Apple. En el lanzamiento, la compañía habló de «hasta 3,5 veces» más rendimiento de CPU, «hasta 6 veces» en gráficos, «hasta 15 veces» en aprendizaje automático y «hasta el doble» de batería, siempre contra sus propios equipos anteriores y con notas al pie sobre las condiciones de prueba. Son cifras de parte.

La de un tercero. En noviembre de 2020, el análisis técnico de AnandTech corrió las suites estándar SPEC2006 y SPEC2017 sobre un Mac mini con M1. En un solo núcleo, el chip igualaba o superaba a los procesadores tope de Intel y AMD de ese momento, con un consumo que el medio estimó equivalente al de un chip de 20 a 24 vatios. Esa medición, y no la publicidad, es la que sostiene la fama de eficiencia del M1.

La del negocio, que es la que más se cita mal. Según los estados financieros que Apple presenta al regulador estadounidense, el Mac vendió 28.622 millones de dólares en el año fiscal 2020 y 35.190 millones en 2021: un 22,9 % más. Suena a éxito hasta que se mira el conjunto. Las ventas totales de Apple pasaron de 274.515 a 365.817 millones, un 33,3 % más. El Mac creció menos que la compañía, y lo hizo en el año en que el trabajo remoto disparó la demanda mundial de computadores.

Con la serie completa, el entusiasmo se enfría: 40.177 millones en 2022, 29.357 millones en 2023 —una caída del 26,9 %—, 29.984 millones en 2024 y 33.708 millones en 2025. Cinco años después del M1, el Mac factura un 16 % menos que en su mejor año y algo más que antes del cambio. Quien busque en el chip propio una garantía de crecimiento sostenido no la encontrará en estas cifras.

El plazo tampoco se cumplió. Apple dio por terminada la transición el 5 de junio de 2023, cuando llevó sus procesadores al Mac Pro: casi tres años después del anuncio, frente a los «dos años» previstos.

Lo que costó, y lo que sigue dependiendo de otros

Cuánto le cuesta a Apple su programa de procesadores es un dato que la compañía no publica. Sí publica su gasto total en investigación y desarrollo: 18.752 millones de dólares en 2020, 21.914 millones en 2021 y 34.550 millones en 2025. El chip es una parte de esa cuenta que, con la información pública, no se puede aislar.

Luego está el tiempo. Entre la compra del equipo de diseño en 2008 y el primer chip para Mac en 2020 pasaron doce años, y esa década de aprendizaje la pagaron los volúmenes del iPhone. El Mac heredó una capacidad que ya estaba probada.

Y está la fábrica. Apple diseña sus procesadores, pero no los produce: depende de un fabricante externo de obleas y de un proceso de manufactura que no controla. Su propio informe anual advierte que ciertos componentes «se obtienen actualmente de fuentes únicas o limitadas» y que los productos nuevos suelen usar componentes a la medida disponibles en un solo proveedor. Apple cambió de dependencia. No la eliminó.

Por último, la escala: todo esto descansa sobre un volumen de unidades y una caja que casi ninguna empresa tiene. Ninguna pyme ecuatoriana debería leer este caso como receta.

Nuestra lectura: la decisión empezó en 2008

La versión corta del M1 dice que Apple decidió fabricar su pieza clave y ganó. Los documentos cuentan algo más interesante. La capacidad se construyó durante doce años en otro producto, llegó al Mac cuando ya estaba probada y la financió el negocio que la venía pagando desde el principio. Lo de 2020 fue el último eslabón de una cadena.

El beneficio tampoco está donde se suele buscar. Las ventas del Mac subieron dos años y volvieron casi al punto de partida. Lo que cambió de forma estable fue quién decide la hoja de ruta del producto y a qué ritmo avanza. Si la meta era vender más computadores cada año, la evidencia no la acompaña. Si era dejar de depender del calendario de otro, sí. Nadie fuera de Apple sabe cuál de las dos pesó más, y ahí está la enseñanza para cualquier directorio: escribir la meta antes de decidir, para poder juzgar el resultado después.

Seis preguntas antes de traer algo a casa

Piense en lo que su empresa hoy compra a terceros: el software con el que factura, la flota que distribuye, el servicio técnico que atiende a sus clientes, el proceso productivo que terceriza. Antes de llevarlo adentro, estas preguntas merecen respuesta con números y fechas:

  • ¿Esa capacidad explica por qué un cliente lo elige a usted, o solo sostiene la operación? Lo que solo sostiene casi siempre se compra mejor de lo que se hace.
  • ¿Ya existe en algún rincón de la empresa, aunque aplicada a otra cosa? Apple no partió de cero, y quien parte de cero necesita un plazo que rara vez presupuesta.
  • ¿Puede pagar los años de aprendizaje, cuando el resultado propio será peor que el del proveedor?
  • ¿Qué parte de la dependencia sigue intacta después del cambio?
  • ¿Qué indicador declarará el éxito, contra qué período y quién lo mide?
  • ¿Qué evidencia le haría dar marcha atrás, y en qué fecha va a revisarla?

Las dos últimas son las que casi nadie escribe, y son las que permiten saber, dos años después, si la decisión fue buena.